“Una historia de un Centro de Día de Salud Mental” por Teresa Grasa Sancho.

El siguiente relato lo escribió la trabajadora social de un centro por el que roté como PIR. Narra un rato que vivimos las dos con un paciente. Cuando me lo envió me emocioné mucho: cosas como ésta son el sentido de mi caminar. Hoy, víspera del Día Mundial de la Salud Mental, lo publico con su permiso.

Miguel (nombre ficticio): 24 años, complexión fuerte, tirando a grandullón. Unos 90 kg.de peso, politoxicómano en tratamiento con metadona. Esquizofrénico o (cerebro deshecho por fumar marihuana y esnifar disolventes desde los 14). Con un sueño: ser camionero internacional. Lleva una semana sin salir de la cama y no se quiere levantar. Se tapa la cabeza con la sábana y la colcha porque tiene mucho miedo, no puede identificar la razón de su temor, pero sólo se siente seguro en su casa, bajo las sábanas. Tiene pánico a la calle. Por la noche, aún tiene más miedo y busca protección en el dormitorio de su madre adoptiva, una señora de avanzada edad, menuda y pequeñita que bien podría ser su abuela, con el pelo blanquísimo, dulce y frágil como la flor de un almendro.

Mercedes: P.I.R. (Psicóloga Interna Residente) en Centro de Rehabilitación Psico-Social. También es farmacéutica. Tiene 34 años y parálisis cerebral, para desplazarse con más facilidad tiene una silla de ruedas eléctrica.

Teresa: trabajadora social. En las visitas domiciliarias siempre acudimos dos personas.

Hemos preparado una consigna, dar esperanza.

Miguel nos recibe sentado en el sofá de un pequeño cuartito de estar. Está en pijama, bata y calcetines, la mirada ausente y perdida. Como un autómata se levanta y nos da un par de besos. Poco a poco se abre y nos cuenta sus miedos, sus temores, Mercedes le dice que la forma de vencer el miedo es afrontarlo, que si le sirve cuando ella tenía 19 años no se atrevía a salir a la calle ni a comprar una barra de pan. Mirándole a los ojos, Mercedes le dice que tiene que encontrar sentido a tanto sufrimiento y le invita a salir a la calle, a probar su “bólido” (silla de ruedas). A Miguel se le ilumina la cara, se levanta rápido y va a vestirse.

Salimos a la calle los tres, desaparcamos la silla de Mercedes y nos dirigimos por una ancha acera hacía un parque cercano, Miguel camina muy deprisa, Mercedes acepta el reto y le pasa rápida con su silla, Miguel sonríe. Cuando la alcanzamos nos confiesa que cuando no hay gente le gusta cerrar los ojos y avanzar todo lo deprisa que puede con su silla. Avanza un poco y poniendo cara de niña traviesa empieza a hacer piruetas con la silla: izquierda – derecha, derecha – izquierda, hacia delante y hacia atrás. Se incorpora e invita a Miguel a que pruebe, Miguel se sienta, aunque casi no cabe de lo grande que es, manipula los mandos y sale a toda pastilla con la silla … ¡Que guai! Nos dice cuando regresa. El brillo en sus ojos es la mejor prueba de que por un rato, Miguel, ha olvidado sus pesadillas.

Caminando de regreso a su casa, como sé que le gustan los cómics, le cuento una de las últimas películas que he visto, le hablo del hombre azul que se lleno de radiación y sobrevivió con superpoderes, de la teletransportación a Marte y de la cámara de oxígeno que le prepara a su chica para que pueda respirar, de la heroína supersexi con el traje de latex… ¿Cómo se llama esa peli? ¿Dónde la ponen? Pregunta Miguel al fin.

Nos despedimos en el portal de su casa no sin antes hacerle prometer que el lunes le esperamos en el centro. Nosotras regresamos al Centro de Día. Mercedes con su silla, para seguir volando, yo en bus. No tengo ninguna duda de que acabo de vivir el momento más emotivo, especial y mágico desde que trabajo con estas personas. Mejor que cualquier escena de una emotiva película. Momentos así nos llenan de fuerza para mantener fresco nuestro quehacer cotidiano.

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4 comentarios en ““Una historia de un Centro de Día de Salud Mental” por Teresa Grasa Sancho.

    • Marcos…
      Él tenía mucho… un grave problema mental le provocaba un gigantesco sufrimiento pero tenía un gran corazón y era un superviviente.
      Por otra parte, éste tipo de actuaciones están previamente muy estudiadas: la parte humana es esencial pero sin ciencia y reflexión se puede hacer mucho daño intentando ayudar.
      Y por desgracia esto fue sólo una gotita de luz. El trabajo con estas personas sirve como cura para el narcicismo.
      Tu comentario me ha ayudado a explicitar estas tres puntualizaciones, por lo que te lo agradezco de veras: la escena narrada puede parecer de cuento de hadas, pero la historia completa no lo es en absoluto.
      GRACIAS Marcos 😀

  1. Si todos tuviéramos esas ganas que te poneis vosotras a la vida y ese corazón tan grande, el mundo sería muy distinto. Gracias.

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